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lunes, 18 de julio de 2011

Empleada de Oficina que atiende al Público

Entiendo que me digas que acá no es,
que es en otro lado, que no es acá;
pero yo te suplico que cuando me lo digas
no pongas esa cara ni uses ese tono,
como si solamente el suponer que fuera
acá que se atendieran esa clase de asuntos
fuera tan increíble, tan raro, tan ajeno
a las leyes más simples de la naturaleza;
tené siempre presente que si una vez, un día,
por orden de quien fuera, esta misma oficina
pasara a hacerse cargo de esa clase de asuntos
nadie se moriría ni el sol se apagaría,
los monos no hablarían ni el mar se secaría
ni se derrumbaría la casa de tu tía.

Entiendo que me digas que así no va,
que me falta la firma de aquel señor;
pero yo te suplico que cuando me lo digas
no pongas esa cara ni uses ese tono
como si el solo hecho de no saber que existe
acá este requisito fuera tan degradante,
tan bobo y vergonzoso, atrevido, ignorante,
tan falto de cultura y tan desubicado;
tené siempre presente que si una vez, un día,
por orden de quien fuera o por otras razones
dejara de exigirse la firma de aquel tipo
nadie se afligiría ni el pan aumentaría
ni nadie aboliría la dactilografía,
y no se rompería la tele de tu tía.

Entiendo que me digas que hay que traer
cierto certificado, cierto papel;
pero yo te suplico que cuando me lo digas
no pongas esa cara ni uses ese tono
como si tu existencia y la de tu familia
no fueran en el fondo más que una consecuencia
de algún certificado flamante y poderoso
honrado con la firma de Dios o de tu jefe;
tené siempre presente que si una vez, un día,
por orden de quien fuera o por capricho propio
el trámite dijera “no más certificados”
la iglesia no diría que es una herejía
ni las peluquerías de golpe cerrarían
ni se marchitarían las plantas de tu tía.

Entiendo que me digas que espere allá,
que espere que me llamen sentado allá;
pero yo te suplico que cuando me lo digas
no pongas esa cara ni uses ese tono
como si este minuto en el que me atendiste
te hubiera resultado de tal modo molesto
que no te arriesgarías ni por nada del mundo
a prolongarlo un poco hablando de otras cosas;
tené siempre presente que si una vez, un día,
por orden de quien fuera o por desobediencia
alguno se quedara conversando contigo
no se te ensuciarían de porlan las encías
ni la categoría se te encallecería
ni se despeinaría el perro de tu tía.