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sábado, 23 de julio de 2011

La Zanja

En una calle perdida de Montevideo,
en una zona concebida al estilo europeo,
hay una zanja que a los autos les da milongueo.
Milongueo. Milongueo. Milongueo. Milongueo.

Parece una pendiente de los Pirineos
la zanja de aquella calle de Montevideo.
Cuando andan por esa zona libre de vacheos,
algunos en vez de coches, pasan en trineo.
Pasan en trineo. Pasan en trineo. Pasan en trineo.

En ese agujerito de Montevideo,
algunos dicen que cabía todo el Mar Egeo,
o lagos de esos que se suelen ver en el liceo.
El liceo. El liceo. El liceo. El liceo.

La zanja es una vieja pieza de museo.
Y cuentan que cuando supo estar en su apogeo,
a muchos los transformó de golpe en un fideo
y a otros les dio cabida como un mausoleo.
Como un mausoleo. Como un mausoleo. Como un mausoleo.

Es vieja aquella zanja de Montevideo.
Un siglo de desprevenidos que la agarran feo,
y entonces todo el barrio escucha un fuerte traqueteo.
Traqueteo. Traqueteo. Traqueteo. Traqueteo.

Se siente un sacudón en el peritoneo
en esa calle perdida de Montevideo.
Y sólo se deja de sentir, yo creo,
los días que a ruido lo tapa un caceroleo.
Un caceroleo. Un caceroleo. Un caceroleo.

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