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jueves, 18 de agosto de 2011

Gardelería


Gómez entró a la espesura de objetos y se puso a examinar varias piezas de mercadería: dientes, guitarras. un peine, varias corbatas, diarios de la época, cuadros y hasta una sonrisa, que pendía de algo así como un gancho de carnicería.
-Si pasa por aquí -dijo una voz que apenas podía diferenciarse del crujir de las tablas del piso-, puede haber cosas que le interesen.
-¿Cómo dice? -preguntó Gómez al dueño de la voz, que lo era también de la tienda.
En sí se trataba de un viejo, sólo que en ese momento se encontraba en su juventud. Gómez lo siguió y el gardelero le mostró, en otra habitación, un montón de cartas, un anillo, una mujer, un pote vacío de crema para maquillaje y otros efectos personales del no mencionada cantante.
-Ahora, si quiere algo mejor, me tiene que acompañar al sótano.
-Qué tiene ahí? -preguntó Gómez, ansioso.
-Dónde? -preguntó a su vez el gardelero, como asustado.
-En ese sótano -lo tranquilizó Gómez-, en ese sótano que me dijo.
-Ah. Venga conmigo.
Bajaron por una escalera larga, construída por escalones sucesivos cada vez más importantes. El gardelero abrió la puerta del sótano y prendió la luz.
-Ahí lo tiene -dijo. Se refería a Gardel, que en persona estaba ahí, agazapado en un rincón. Gómez se le acercó y lo estudió de cerca.
-Sin duda es auténtico -dijo.
-Claro, es él -confirmó el gardelero-. Bueno, ¿lo lleva o no?
Gómez vaciló.
-Pero...¿Cómo es posible que él...? ¿Y el avión? -balbuceó-. ¿Y el accidente?
-¡El avión! ¡El avión! -gritó entonces Gardel, con la voz más aguda que el Tatú de "La isla de la fantasía"- ¡Tengo que tomar el avión! Y con ágiles movimientos esquivó al gardelero y a Gómez, ganando la calle.
-Imbécil -dijo el gardelero a Gómez-. Echó todo a perder.

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