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jueves, 4 de agosto de 2011

La Buena Noticia

Leticio vivía desde hacía diez años con su mujer, a la que amaba con la misma intensidad que el primer día, o quizás todavía más, y con su suegra, a la que detestaba también con la misma intensidad con la que la había venido detestando todos esos años, o incluso más. La única razón por la que no la echaba de la casa, o no tomaba alguna medida más drástica, como hervirla en aceite o tirarla por el balcón cuando pasara el camión de la basura, era el amor que sentía por su mujer, para quien albergar consigo a su pobre madre enferma constituía un deber ineludible. Además, como el matrimonio, pese a haberlo deseado con fervor, no había logrado tener hijos, la mujer, que por otra parte no trabajaba, dedicaba todo su tiempo a cuidar de su madre.
Pero un día las cosas amagaron cambiar radicalmente. Leticio llegó a su casa, después de una ardua jornada de trabajo, y su mujer lo recibió diciéndole que tenía para darle dos noticias, una buena y una mala.
—Voy a empezar por la mala —­dijo—. Leticio: esta tarde murió mamá.
Leticio corrió al dormitorio de la vieja y vio que, efectivamente, había quedado dura. Entonces corrió a poner un disco de rock pesado y se puso a bailar frenéticamente, gritando:
—¡Qué bueno! ¡Si esa es la mala noticia, lo que debe ser la buena!
—La buena —le dijo su mujer— es que voy a ser mamá.
Leticio volvió a saltar de alegría. Hacía diez años que venía deseando tener un niño que alegrara el hogar, y ahora, sin la vieja que escorchara todo el día, ese hogar iba a transformarse en un verdadero paraíso. Pues bien, al día siguiente, después del entierro de su suegra, Leticio se fue a trabajar, y cuando salió, antes de volver a su casa, fue a comprar ropa de bebé, para levantar el ánimo de su esposa que debe haber quedado afligida por la muerte de su madre. Pero cuando llegó a la casa y se dirigió al dormitorio, donde creyó que encontraría a su mujer, encontró que la que estaba esperándolo era la vieja, su suegra. Y estaba viva. Él pegó un grito de horror, y entonces la vieja le dijo:
-¡Leticio, qué te pasa! Soy yo, ¿no me reconocés? Soy tu esposa. Yo te dije, ¿no te acordás? Te dije que iba a ser mamá, y no pensé que sucediera tan pronto, pero sí, sucedió, Leticio, ¡soy mamá!

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