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jueves, 11 de agosto de 2011

La Papafrita

La conocí por la gracia del hada
de las casualidades
me deslumbró con su charla signada
por las frivolidades
con su creencia en las astrologías
de turno en esos días
y con su culto a los dioses paganos
como Elsa Serrano
pero una duda me chisporroteaba
y yo me preguntaba
si no estaría arreglando una cita
con una pa
con una papafrita
papafrita...

En un principio ella fue de madera,
después siguió con fuego,
y que me vieran con esa fachera
me levantaba el ego;
así que yo le metí p’adelante
en actitud triunfante
hasta que vi que mi presentimiento
tenía fundamento:
cuando me dijo con voz regalona
de ir hasta Mc Donalds
yo me avivé de que la señorita
era una pa
era una papafrita
papafrita...

Ella con fascinación se entregaba
al consagrado engaño
de la comida chatarra y le daba
de punta todo el año,
cuando llegaba el verano cambiaba
para las ensaladas
porque sentía que estaba tapada
de grasas saturadas,
pero por más coliflor y espinaca
que comiera la flaca,
su corazón, y perdón que repita,
era de pa
era de papa frita.
papafrita...

Yo le decía que no me importaba,
que cada cual su papo,
y si algún día de pronto pensaba
“socorro, yo me escapo”
al rato estaba de nuevo con ella
y su prosopopeya.
Hoy ya no entiendo ese flash que me daba
cuando ella me miraba:
aunque estudiada con ojo objetivo
tenía su atractivo,
ella era rubia, delgada y larguita
como una pa
como una papa frita.
papafrita...

La relación con el tiempo se iba
poniendo muy espesa;
yo no podía dejar a la piba:
estaba en mi cabeza.
Ella tenía el sartén por el mango
yo bailaba su mambo
y mis intentos de darle a su mundo
un giro más profundo
fueron en vano, y te digo una cosa:
que me cavé la fosa,
porque al final ella fue tan infame
que me dejó
y se fue con un salame.
papafrita...salamín.

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