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jueves, 18 de agosto de 2011

Poeta Neurasténico


Tu piel es la comarca donde antiguos labradores inefables cultivaron la sustancia del más puro amor sensual.

La paz de tu mirada es el responso que resguarda nuestras almas del equívoco perpetuo al que no pueden escapar ni las palabras más precisas que podemos encontrar cuando queremos expresar lo que sentimos.

Tu voz es la armonía que modula con su encanto perdurable la perfecta concordancia de la vida con el tiempo, que se rige por el ritmo de tu andar, que es como un péndulo que acuna los vaivenes de las horas suspendidas en la magia inagotable del convulso torbellino en el que danzo enloquecido desde que te conocí.

Tu mente es el retiro en el que moran las ideas liberadas del trajín de sucesivos intercambios en coloquios y simposios ya pasados, donde fueron refutados los principios turbulentos que les daban la razón.

Tu espiritu es la esencia que palpita en el eterno devenir que envuelve toda la energía de la vida subyacente a los rincones polvorientos del depósito en que guardo los fragmentos de los muebles que pudieron resistir heroicamente nuestra discusión de ayer.

Tus manos son los pulsos del compás en que trancurre la existencia, bendecida por la Santa Providencia que se puso en mi camino la mañana en la que del fango del arroyo donde estabas chapoteando te saqué.

Tus ojos son tres puertas que conducen cada una al Fuego Eterno del aliento de un dragón encadenado a una pata de la cama en el bulín de un diplomático corrupto.

Tu rostro es el espejo inabarcable que sociega y distribuye con tranquila paridad todas las luces refractadas en los callos que se forman en las costras agrietadas de tu piel por culpa de ese maquillaje tan berreta con que te pintarrajeás.

Tus labios son un puente entre la luz y la temible oscuridad, a la que arrastro en mi caótico vagar por un desierto en que pululan los fantasmas de caducos espejismos, convertidos en las hebras de un tejido inmaterial donde se esconde en cada punto de su trama efervescente un pensamiento que lo habita desde aquellas largas noches que pasamos, intentando juntos abrir ese archivo adjunto en que venía el número de serie que faltaba en el cd pirata que compramos con todas las ganas la ilusión y la esperanza de jugar al Súper Mario.

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