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jueves, 4 de agosto de 2011

Rogelio

Rogelio, muchacho elegante y vivaz,
trabajaba como ejecutivo en una de tantas pujantes empresas
que hacen la gloria, que dan el prestigio
a la industria, al comercio y la usura de nuestro país.
Todo iba bien para el, su salario crecía
y también mejoraba su score en la cancha de paddle.
Cancha de paddle. Cancha de paddle. Cancha de paddle.
Aunque había una cosa que no mejoraba
y que a él francamente le daba motivos de preocupación.
Y tenía razón porque ese problema que le aquejaba,
no había manera de minimizarlo ni tratarlo con disimulo.
Porque Rogelio........
Tenía cara de culo. Tenía cara de culo.
Tenía cara de culo. Tenía cara de culo.
Y cuando Rogelio sintió el peligro de que el parecido
pasara de ser sólamente visual,
y adoptara también un cariz funcional,
decidió pedir ayuda profesional.
Y fue a buscarla, como es natural,
en el quirófano de un hospital.
(Doctor, cámbieme el rictus.)
Pidio eufemísticamente Rogelio,
y como al hacerlo para graficar
lo que no se atrevió a decir con palabras,
exhibió su trasero.
Y el médico que no entendió la metáfora
para cambiarle la cara a Rogelio,
le sacó un material de los gluteos
para ponerselos sobre la jeta.
De tal manera que cuando él,
frente al espejo se sacó la venda,
no vió otra cosa que dos estupendas nalgas.
Muy bien separadas y diferenciadas
por una raya profunda.
Una raya profunda y oscura
porque el pobre de Rogelio siguió.....
Teniendo cara de culo. Teniendo cara de culo.
Teniendo cara de culo. Teniendo cara de culo.
Teniendo cara de culo. Cara de culo. Culo. Culo.

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